¿En qué creer cuando nadie cree en nada?

Suena el despertador o despiertas al natural. La escena se repite: eres tú, frente al cosmos, desnudo ante la inmensidad del sistema solar.

Te has convencido de que tu pensamiento es la ley absoluta. Te duchas, desayunas y sales a comerte el mundo. Al dejar tu intimidad sabes que debes sonreír por cortesía social; no estás solo, habitas el instinto gregario. Avanzas en la mañana, cumples tus quehaceres, te conectas con almas que te agradan y con otras no tanto.

Sigues avanzando sin cuestionar. No pierdes energía intentando entender el todo; basta cumplir con lo real, con las reglas de lo societario. Así rozas la normalidad que aquieta tu alma. Almuerzas y continúas la tarde cumpliendo obligaciones con responsabilidad. No hay tiempo para pensar distinto. Tener consciencia, ver más allá, no es considerado real: es un espejismo, un desierto sin flores, solo polvo y peligro.

Pasan los días, los meses, incluso años. Mientras todos sigan esa ruta, todo está bien. Eso es lo sano, lo correcto, lo funcional.

Un día despiertas tras un sueño profundo. No hay agitación, solo quietud y paz. Ves una esencia de tu alma que jamás pensaste tocar. Te percibes luminoso, sereno, sin máscaras.

Te levantas pensando que fue solo un sueño, pero no. El desayuno sabe distinto, hay menos ruido, la música ya no llena igual. Contestas tus mensajes de siempre y los ves desde otro lugar. Algo inquietante y poderoso ha llegado a tu alma.

Sales de casa y, antes de cerrar la puerta, vuelves la mirada. Sobre la mesa ves una máscara que te dice: “Conmigo estarás a salvo. Serás aceptado. No te expongas. Pensar diferente trae problemas. Eres libre, yo solo te advierto”. Suspiras, cierras la puerta y sigues tu camino sin mirar atrás.

Los demás te ven distinto, con otra aura, con otra energía. Más limpio, más presente, algo distante. No incomodas a nadie; cumples tu rutina y el entorno guarda silencio.

Al día siguiente la máscara ya no está. Solo estás tú, íntegro, en paz. En tu entorno sigues cumpliendo tu rol, pero ahora con más presencia, con más luz. Algunos se acercan; te vuelves magnético. No dices nada, basta con estar.

Con el tiempo notas algo asombroso: no estás solo. Otras almas también caminan sin máscara, claras, presentes. La paz se expande. Una mañana despiertas acompañado, con alguien que te entiende, que elige la consciencia antes que el instinto.

Camino a tu rutina te preguntas: “¿En qué creer cuando nadie cree en nada?”
Y te respondes: “En el espíritu y en el amor.”

Miras al cielo. El sol ilumina tu silueta, el aire se siente más limpio y respiras. Entonces lo sabes:

has recobrado tu humanidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Desplazamiento al inicio