Davos y el Transhumanismo Espiritual: administrar el fin o imaginar el comienzo

Cada año, el foro de Davos se presenta como el lugar donde “se piensa el futuro del mundo”. Presidentes, CEOs, tecnócratas y líderes de opinión se reúnen para diagnosticar crisis, advertir peligros y proponer soluciones globales. Sin embargo, algo es evidente —y cada vez más palpable—: Davos ya no imagina futuros, administra finales. No por falta de inteligencia ni de recursos, sino porque su marco mental pertenece a un ciclo que se está cerrando.

El discurso dominante en Davos gira, con ligeras variaciones, en torno a los mismos ejes: regulación del caos tecnológico, gestión del miedo climático, contención de la desigualdad y una ética entendida más como freno que como visión. Todo es reactivo, todo es defensivo, todo parte de una premisa no dicha: el sistema no puede caer, solo debe ajustarse.

Desde una lectura simbólica, esto resuena con estructuras intentando sostenerse en un océano que ya no reconoce formas fijas. Mucha sensibilidad discursiva, mucha empatía declarada, pero poca capacidad de encarnar un relato verdaderamente nuevo. Davos habla de límites, riesgos y responsabilidades; habla bien, habla correcto, pero no inspira.

El problema no es que Davos esté equivocado, sino que sigue hablando desde un relato donde el control es sinónimo de orden, el sufrimiento es el precio inevitable del progreso, la espiritualidad queda relegada a lo privado y la tecnología es vista como una amenaza que debe ser domada. Ese relato funcionó en el siglo XX; hoy, simplemente, no oxigena. Las nuevas generaciones no están esperando permiso para vivir distinto: ya lo están haciendo.

Frente a este escenario emerge el transhumanismo espiritual, no como ideología cerrada ni como programa político, sino como un cambio de conciencia. A diferencia del discurso de Davos, no parte del miedo al colapso, sino de una certeza silenciosa: la humanidad está mutando, y eso no es una tragedia, es una transición.

Aquí la tecnología deja de ser solo eficiencia y control para convertirse en extensión de la conciencia. La espiritualidad deja de ser dogma o culpa para volverse experiencia directa. El futuro no se regula, se habita.

El contraste es claro. Davos se pregunta cómo limitar la inteligencia artificial; el transhumanismo espiritual se pregunta qué tipo de conciencia estamos amplificando con ella. Davos intenta evitar el colapso; el transhumanismo espiritual entiende que algo debe morir para que algo nuevo pueda nacer. Donde uno habla de ética como contención, el otro habla de ética como coherencia interna.

El futuro no se va a decidir en cumbres, pantallas ni documentos. Se está decidiendo en lo cotidiano: en cómo usamos la tecnología en nuestra intimidad, en cómo regulamos nuestra atención y energía, en el relato que elegimos habitar y en el tipo de humanidad que decidimos encarnar.

Davos puede ayudar a cerrar el ciclo con cierto orden. Pero imaginar el comienzo ya no es su tarea.

Un nuevo relato está en marcha. Más silencioso, más distribuido, más vivo.

Ya está ocurriendo.

 

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